domingo, 30 de marzo de 2014

Washington Jaramillo y las terapias no invasivas

Al igual que hiciera en la primera sesión, Jaramillo se dirigió a su fisioterapeuta sin soltar el revólver.
—De esto no dirás una palabra…
El quiropráctico, seguro entonces de que una bala podría llevar su nombre, ya debió esmerarse en aplacar los dolores lumbares del cantante, y ahora, con el paciente ya restablecido, también se veía bajo la misma amenaza si desvelaba la más mínima noticia de que Washington Jaramillo acudía a sesiones de pilates.
—Descuide —dijo mientras lo veía recoger la toalla y el pantalón deportivo.
Esa misma tarde, cuando lo vieron entrar en el local, renqueando aunque seguro, los parroquianos de El Pelícano respiraron aliviados al comprobar que los últimos rumores eran meros cuchicheos infundados. Jaramillo había vuelto por su propio pie y se disponía a dar un recital, como si nada hubiera sucedido en las últimas semanas.

viernes, 14 de marzo de 2014

El mal don



Bajo el incesante chaparrón, apenas alcanza a balbucir unas palabras de dolor: “¿Por qué este mal don?”

El ahora apenado meteorólogo se descubrió de joven la capacidad para manejar a su antojo las altas y bajas presiones, las isobaras y sus hectopascales, poniendo aquí o allá soles o nubes, y acertando con tal precisión, e incluso contra los patrones numéricos, que no le hizo falta esperar a que una vocación lo llamara: sería hombre del tiempo.

No tardó en ser solicitado por todas las cadenas, tentado por los ayuntamientos turísticos, consultado por las comarcas agrícolas, para modificar las previsiones en beneficio del bien común. En efecto, no tardó nada en ser indispensable.

Y hoy llora porque su mal don ha dislocado de modo irreversible el sistema atmosférico, y ya no sabe cómo evitar el cambio climático.

Bajo la tormenta, apenas alcanza a balbucir unas palabras de dolor: “¿Por qué este mal don?”

domingo, 9 de marzo de 2014

Memento homo (Mención en el ENTC de febrero 2014)



Las farolas empezaban a apagarse a pesar de que aún las calles estaban en penumbra, y tal vez fuera mejor así para no ver el deterioro del disfraz y los desperfectos del peinado. Como lágrimas negras, el rímel surcaba a sus anchas el rostro del apresurado caminante, que aún escuchaba en su cabeza el retumbar de aquella melodía que hablaba de una lluvia de hombres.

Una ducha borró todo resto externo del festejo, pero aquella canción insistía en recordarle sus actos. Llegado al trabajo, suspiró aliviado por ser el primero, de modo que pudo prepararse para una mañana concurrida. Repasó la ceremonia, colocó los bancos, alumbró la sala y se puso la casulla. Nada hacía recordar al que había sido unas horas antes; nada salvo aquella musiquilla pertinaz y traviesa que no lo abandonaba.

Madrugadores y noctámbulos se dieron cita al mismo tiempo para recibir la ceniza de manos del honorable párroco, que a unos les recitaba de corrido el latinajo y a otros el tozudo estribillo bailable. Como ni los unos entendían el latín ni los otros el inglés, la liturgia no desentonó, y así todos decían para sus adentros al final: ¡Aleluya!