jueves, 25 de diciembre de 2014

Entes de ficción

Las noches llegaban y, monótonas, se sucedían y se marchaban, dejando a Urban Volstein sufriendo de insomnio y tentaciones. Las tisanas tranquilizantes hicieron el mismo efecto que, más tarde, los somníferos: ninguno. El sueño que no venía poblaba su cabeza de planes malévolos contra unos y otros, pero nunca hallaba un camino fácil. En este estado de vigilia torturadora, el afamado autor, para salir de una crisis creativa, decidió que se sometería a una sesión de psicoterapia con el doctor Flynn.
—Hábleme, respire, mire esta medalla —dijo el sabio.
Al principio, Volstein no parecía muy seguro de la capacidad de su terapeuta, pero no tardó en dejarse llevar por una incomprensible confianza que le aflojó la tensión y lo llevó a un estado similar al del sueño.
—Siga hablando, siga respirando, siga mirando la medalla —continuó el convincente médico.
Rendido a las virtudes de aquel método, Volstein confesó sus dudas sobre la novela que debía entregarle a la editorial. Tenía titubeos sobre la continuidad de ciertos personajes y no sabía si el narrador desvelaba más de lo debido.
—Hábleme del narrador —intervino el especialista—, pero respire y centre su mirada en la medalla.
El autor le confesó una cierta connivencia con esa voz tan documentada, una suerte de identificación que él mismo creyó justificada al principio, pero que le generaba conflictos con las demás instancias, en particular con el protagonista, cuya personalidad psicótica lo angustiaba.
—Siga hablando y siga respirando —dijo el médico, y su semblante permaneció invariable pese a las palabras desinhibidas del paciente.
Un largo silencio dio paso a una confesión inesperada:
—Temo por la vida de alguna de mis criaturas —declaró con voz baja pero firme.
—¿La vida? Le recuerdo que son entes de ficción.
En los delirios tóxicos que le provocaba el éter, Volstein creyó presenciar una conversación entre narrador y héroe, aunque nunca volvió a recordarla hasta aquella sesión de diván.
—Creo que el protagonista se quejaba de que el narrador sabía demasiado y decía más de la cuenta.
No hizo falta que el doctor le indicara que siguiera hablando, respirando y mirando la medalla. Volstein prosiguió con el relato de los hechos tal y como los sacaba del olvido.
—No sabe cómo es.
—¿Quién, el protagonista?
—Sí. Es capaz de cualquier cosa.
El médico respiró hondo, apretó la medalla en su mano y miró a los ojos de su paciente. Tragó saliva, algo incómodo.
—Eso depende de usted.
—Yo ya no tengo nada que hacer ahí. El narrador me ha suplantado y se está vengando del héroe, convirtiéndolo en el hazmerreír de los suyos.
—Aléjese del narrador, entonces, quítele poder poco a poco, borre su presencia en la historia.
La idea del médico parecía tener su lógica, aunque también su riesgo.
—Podría apoyar más al héroe —sugirió Flynn—. O a la chica.
—¿La chica? Sí —exclamó calmado Voltein—. La chica siempre fue un mero objeto, muy codiciado, pero sin mucho peso, es cierto. Debería ponerme de su lado. ¿Sabe qué le digo? Quemaré todo lo escrito y reescribiré otra novela desde el principio.
Tras un silencio en el que ambos, médico y paciente, parecían haber llegado a un punto muerto, Volstein creyó juicioso interrumpir la sesión y despedirse.
—No sé si volveremos a vernos.
El doctor no respondió, aunque pareció liberado por la resolución de Volstein. Tras cerrarse la puerta, apareció una figura siniestra que bajó el arma con la que apuntó a la cabeza del médico durante toda la sesión. Saludó y se esfumó.
En el silencio de la consulta, el doctor Flynn esperaba a su paciente de las siete.
—Siéntese, hábleme, respire y mire esta medalla.
—Doctor, tengo la impresión de que traman cosas atroces contra mi persona. Me están haciendo sombra, a mí, a un irreprochable relator, y se están rindiendo ante las amenazas de un loco depravado.
En la mirada serena del psicoterapeuta se habría podido observar una luz de satisfacción, pero su seriedad profesional lo obligaba a escuchar a su paciente.
—Siga, siga…

domingo, 7 de diciembre de 2014

Tregua


Bueno, ya se acabó el bullicio de todos los años, aunque esta vez ha habido menos cosas por las que brindar y sonreír. Un último trago hasta apurar la copa, y a seguir, que, tras las campanadas, ya es jueves.


miércoles, 3 de diciembre de 2014

La despedida de un hombre desilusionado

Mi amor:

Si estás leyendo esta carta es que he muerto y alguien se ha encargado de cumplir mi última promesa. Espero que no te tomes a mal este último acto de vanidad y de mal gusto. De todos modos, en estas circunstancias no me queda más que una intervención del azar para que llegue hasta ti mi relato de los hechos antes que una nota del ministerio sobre mi heroica muerte en acto de servicio. Créeme: no somos los buenos.
Mañana nos envían a luchar al frente, a enfrentarnos a un enemigo aún sin rostro ni voz, pero que seguro nos espera armado y sediento de venganza. Ese enemigo no nos odia por nuestras ideas o por nuestros orígenes, como nosotros a ellos, sino por nuestros actos: hemos quemado sus campos, matado a sus hijos, violado a sus mujeres…
Yo nunca haría eso, créeme, pero soy cómplice de todas esas atrocidades al no impedir que se perpetrara tanto mal entre gente inocente. Ahora pienso que fue un error seguir esas órdenes, y muchos de mis compañeros están de acuerdo conmigo, pero muchos más han preferido escudarse en la obediencia debida para saciar un hambre malsana, y nos han arrastrado a una insensata pelea.
Esta guerra nos ha convertido en salvajes, y ahora vamos a una batalla que parece crucial contra unos vecinos pacíficos a quienes odiamos por algo que ya se nos ha olvidado, si acaso lo supimos alguna vez.
Ahora que puede estar cerca el fin, no pienso en mi muerte, ni en el dolor de los míos, sino en cómo vengará su odio sobre mi cuerpo el soldado que me mate. ¿Acribillará mi vientre, me rematará a patadas, me escupirá? ¿Qué hará con mi cadena de oro o con mi pitillera? ¿Registrará mi cartera, romperá tu foto, se reirá de tu dedicatoria?
Solo me queda esperar de la persona que me mate, que borre su odio y te mande esta carta para que no pienses que morí como un héroe. Nuestro hijo debería aprender a diferenciar entre el bien y el mal.
Siempre,

Tu amor