viernes, 24 de abril de 2015

PAPANUEL, EL SOÑADOR

Aquella no era la vida que me habían prometido, y menos la que les había anunciado a los míos antes de marcharme, y ni mucho menos la vida soñada del que tiene que echarse un saco al hombro sin saber dónde recalaría su caminar; pero era mi vida, aquella con la que tenía que batirme día a día hasta que llegara la noche, en que podría figurarme otra mejor, más volátil, aunque menos amarga. Era una suerte poder programarme los sueños a capricho, y por eso no me importaba padecer de día, porque la noche me curaría los sinsabores diurnos.
Esperé hasta dormirme y soñé con otra Navidad menos gélida, menos húmeda, menos solitaria, y entonces me vi a mí mismo en la fila del “papanuel” de los almacenes, junto a otros muchos como yo, con modestos sueños, como yo. Al cabo de un rato, cuando mi turno iba a llegar, una necesidad de ir al servicio me agitó y… Y al despertar, de camino al retrete, tropecé con el traje de “papanuel” de los almacenes que, gélido y húmedo aún, reposaba, como yo, arrugado sobre una silla.