viernes, 11 de septiembre de 2015

ESCUELA DE ESCRITORES

—El bate, «¡Eso, bate!», se le resbalaba de las manos pringosas, «¡No, pringosas no!, mejor ensangrentadas, que es más visual para terminar un capítulo, ¿de acuerdo?»
         La mirada del autor acabó perdiéndose en alguna parte del despacho de su editor, que seguía haciendo de su obra un futuro superventas. Entonces, regresando de su momentánea abstracción, agarró firmemente un paraguas con sus manos, se lo clavó al editor en el cuello y, aceptando que nunca vería su novela en los estantes, dio por concluido el capítulo tal y como lo había escrito.