jueves, 11 de agosto de 2016

ESCAPARATE DE SUEÑOS

Ser escritor es algo indescriptible con palabras, y eso que recursos para ello no le
faltan a quien abraza esta ocupación tan arriesgada y provechosa. Ahora soy un autor consagrado, premiado, admirado, con ventas en todo el mundo, en todas las librerías del planeta, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que tenía muy claro qué era ser escritor: un sueño. Por eso sabía describirlo bien. Pero eso fue hace mucho, y ahora me pregunto qué ha cambiado desde entonces.
De joven, al pasar por delante de la librería de mi barrio, donde exponían los libros de todos mis autores adorados, me decía para mí que algún día mis libros, con mi cara y mi nombre, estarían allí, en el escaparate de la calle del Pez 27. Más tarde descubrí lo complicado que era ocupar tan distinguido honor, pero nunca abandoné esa idea, hasta el punto de que, años antes de convertirme en un afamado novelista, escribí un libro que distribuí modestamente a través de Internet y logré depositar en la estantería que Cervantes & Co reservaba para los “autoeditados”, una categoría meritoria pero humilde por la que muchos pasamos y muchos abandonaron y muchos siguen frecuentando.
Cada vez que pasaba por ahí, disimulando interés por las últimas novedades de Marsé o Mendoza, miraba de reojo hacia el rincón donde descansaba mi libro de portada verde, siempre en medio de otros tantos. Aprovechando el quehacer de los libreros, me afanaba en colocar mi libro en posición privilegiada, bien visible aunque sin ensombrecer al resto. Del mismo modo que yo colocaba mi obra, así volvía a su sitio al poco tiempo, imagino que por razones de mercado. Un mes sí y otro también repetí la operación durante más de un año, hasta que, quién sabe si por dejadez o porque pensaron que la insistencia se debía a motivos empresariales, ahí se quedó, presidiendo el anaquel de los aspirantes.
Al descubrir que aquella portada con mi nombre era visible desde casi cualquier punto de la librería, acudía con amigos y familiares a presumir. Recuerdo la presentación de una escritora en cuyas fotos siempre aparecía, al fondo, mi novela. Aquel honor y toda la vanidad que lo acompañaba fueron mi entretenimiento durante mucho tiempo, hasta el punto de que llegué a pensar que mi carrera literaria se limitaría a eso. Y lo di por bueno, pues en el fondo sospechaba que aquello era una pequeña victoria, suficiente para mi menguado talento, pero incapaz de romper las fronteras del anonimato y de la fama.
Hace algún tiempo, cuando ya casi había olvidado toda la historia del libro furtivo, al ir a un acto publicitario en la librería de la calle del Pez 27, pude ver al fondo aquel volumen verde con mi nombre que gobernaba la balda central de los “autoeditados”, lo que significa que nunca se vendió, y sentí la tentación de desvelar mi secreto ante los invitados, ante mi editor, ante los libreros,… Pero decidí ceñirme al protocolo.
Hoy, ante el auditorio de la Svenska Akademien, he decidido anunciar en mi discurso que aquella primera novela era la mejor de todas las mías y que aun así nunca dará el salto del estante al escaparate.