jueves, 18 de agosto de 2016

LA SALUD DE LOS LIBROS

A veces, cuando no tenía nada que hacer o nevaba en la calle, me colaba en la biblioteca y, a sus
espaldas, desde una mesa estratégicamente dispuesta, la observaba trabajando. Eran de veras mágicos aquellos instantes en que, parapetado tras los volúmenes de inservibles colecciones, espiaba sus tranquilos movimientos, las atentas curas que les practicaba a los libros de mayor edad o de uso más frecuente. Sus manos se posaban delicadamente sobre el lomo y, como acariciándolo, lo recorrían a todo lo largo. Era un gesto que ella conocía a la perfección, y casi podía hacerlo con los ojos cerrados y sin la menor pausa o duda, sin apenas respirar, pero dejando escapar un leve jadeo. Así conocí a la señorita Schnee, la restauradora de libros.
También era prodigiosa la atracción que despertaba en mí, y de qué manera más incontrolable, la imagen de sus tobillos apareciendo por debajo de la mesa, y sus pies apoyándose imperceptiblemente en las punteras y a medio descalzar. En ocasiones pensaba que su completa desnudez sería menos abrasadora que sus fascinantes ademanes.
Confieso que nunca antes me había sentido atraído por las mujeres cuya imagen se ocultaba tras un despacho o unas horquillas de otro tiempo, pero aquella bibliotecaria tenía una misteriosa manera de encubrir su doble vida tras las gafas enormes y el moño recogido de mala manera. Supe más tarde que alguien la dejó por otra más carnosa y menos preguntona, sin embargo sus ojos no transmitían cólera ni vergüenza por ser una solterona varada entre anaqueles de conglomerado. Aquella mujer tan reservada y encantadora disimulaba, tras la bata gris de servicio, una vida repleta y lujuriante, una existencia colmada de intrépidos amantes y corazones rotos. De día reparaba heridas de personajes ficticios, y de noche se curaba a sí misma de su propio pasado. Lo sé porque un día la vi, tras colgar el guardapolvo en el perchero, pintarse los labios de carmín, soltar el pasador que le retenía la melena y quitarse las gafas sacudiendo al mismo tiempo la cabeza. Ese gesto, que volví a ver en películas y anuncios, fue una imagen de la que nunca pude desprenderme del todo, hasta el punto de que me creí, en alguna ocasión, enfermo o poseído por el tórrido recuerdo.
Un día decidí seguirla —cuál no sería mi obsesión— hasta la máquina de café donde solía tomarse una pausa de vez en cuando. No había muchos empleados, y los que había no se paraban mucho tiempo, no como ella, que se acomodaba en el taburete giratorio donde le daba vueltas no solamente a sus ideas. Tras comprobar que no me podía sorprender espiándola, pude elegir un lugar discreto pero privilegiado. Desde mi posición podía verla de lado y ella a mí no. El rostro grave y seductor de siempre, el mismo que decidí no olvidar nunca, y su mirada entre triste y solemne contribuían a componer ese atormentado silencio que le era tan propio y la hacía tan hermosa. Sí, también alcancé a mirar sus esbeltos tobillos y la forma tan delicada de sus pies, que empujaban el asiento y, con él, aquella figura ardiente. Todo estaba en perfecto orden. De vez en cuando cruzaba las piernas y, al reacomodarse, veía cómo asomaba su tobillo y cómo se descalzaba levemente. El cambio de estado que se operó en tan poco tiempo, de oficinista gris a ardiente heroína de leyenda, me tenía en una constante ansiedad que me hacía vulnerable, pues había fijado mi interés más en sus piernas que en ella misma.
De pronto, al cabo de un instante, se levantó, se alisó la ropa, respiró hondo y volvió sobre sus pasos hacia la biblioteca, pero se giró súbitamente y me sorprendió contemplando el vaivén de su cuerpo y secándome el sudor. Sin el menor asomo de molestia, incluso con una familiaridad propia de quien se sabe observada desde hace tiempo, se me acercó, me ofreció un pañuelo y mordiéndose levemente el labio inferior, me clavó una mirada depredadora.

—¿Te gustan los libros de personajes malogrados? —dijo, mirándome temblar—. A mí también.