sábado, 8 de octubre de 2016

Cuéntate los dedos, pequeña

La pequeña intérprete lloraba sin consuelo, y ni todos los mimos de sus padres alcanzaban a apagar los sollozos de la apenada segundona, que no estaba acostumbrada a que alguien le hiciera sombra. Tales eran su rabia y su decepción, que ni quiso subir a recibir el diploma de honor que la acreditaba como una de las mejores pianistas, pero no como la mejor.
De pronto, un miembro del jurado se puso en pie. Era una señora fea, desgarbada, y sin embargo había algo en ella que la hacía íntegra y elegante para aquella concurrencia tan selecta y escrupulosa. A duras penas podía bajar los peldaños del escenario, pero se tomó su tiempo, como solía hacer. Nadie pareció impacientarse por su lentitud, y por fin llegó hasta donde la criatura resoplaba rumiando su desgracia.
Siéntate ahí, ahí, y cuéntate los dedos —dijo con una voz implacable.
Como por encantamiento, tras obedecer aquella orden que parecía no tener sentido, la niña dejó de llorar, hipnotizada por los ojos de aquella señora que la miraba desde lo alto sin sonreírle, pero sin asustarla.
Siéntate ahí, ahí, y cuenta esas gotas de lluvia –volvió a repetirle.
Como ocurriera con lo anterior, la chiquilla siguió aquellas instrucciones al pie de la letra, y así se distrajo hasta el punto de centrar toda su atención en la misteriosa dama que seguía sin pestañear.
La señora sabía que la pequeña se sentía rota, pero le aportó otro consuelo distinto al de las palmaditas y las falsas esperanzas. Prefirió decirle la verdad en vez de darle la razón, y por eso la muchacha se sonó la nariz y escuchó atenta.
—¿Quieres el diploma? Pues pelea por él, pero no lloriquees, que no tienes motivo, tú, niñita caprichosa. ¡Niñita triste!
La niña no podía dejar de mirar aquellas manos enormes, unas sorprendentes manos de dos colores, como las teclas de su piano, que le acercaban el premio pero que lo sostenían con fuerza mientras le proponían un reto de talla.
—Ya sé —prosiguió la juez—, ya sé que ahora no sabes qué queda por hacer, pero te diré que yo también pasé por esto, mocosa. Tus padres ni habían nacido aún, y yo ya acariciaba esas teclas con esmero, pero mi familia no era muy querida. Eran otros tiempos, qué más da eso ahora.
La historia se remontaba a cuando, entonces talentosa pianista, la niña de manos de dos colores ponía en peligro la supremacía de los candidatos de los barrios altos tras haber brillado en las salas de concierto de los arrabales del sur. Pero ya se las ingeniaron ellos para que nadie de su origen pudiera participar, ni traer a sus padres al patio de butacas, ni mucho menos optar a las becas del conservatorio para niños de manos de un solo color. Aquellos niños llegaron al mundo varios peldaños por encima…
—Todo lo que necesitas, todo eso —añadió con su voz grave— ya lo tienes tú, niña triste. Y también tienes el tiempo ante ti. Pero no, tú quieres el premio sin pasar por el esfuerzo; el aplauso sin el trabajo; la gloria porque sí, como una herencia. Y si no, te enojas y pataleas. ¡Si yo hubiera podido!
Cuando, tras ver cómo se le cerraban las puertas del conservatorio por el color de su piel, toda su vida cambió, y aquella joven promesa del piano hubo de conformarse con las migajas del gran pastel que se repartieron otros, muchos de ellos mediocres intérpretes, otros indiferentes artistas de salón, y muy pocos verdaderos músicos. Ella sí lo era, pero sus manos…, sus manos la delataban.
—Toma este diploma y no desprecies tus logros. Pelea por ser la primera y no te lamentes si te superan. Practica, practica, practica… Como hice yo.
La niña comprendió entonces que aquella mujer de piel oscura había practicado tanto con el piano, que solo sus manos escaparon a los rayos del sol.