lunes, 17 de octubre de 2016

SÖDERHAMN

Cuando se prendieron las cortinas de la cocina, por fin
entró la luz y, gracias al descuido del abuelo, descubrimos que habríamos debido quemarlas nosotros antes, y las del salón también. Luego vinieron los cuadros con ciervos acorralados en una batida de caza, los pañitos de la mesa, la muñeca sobre la tele, la ropa vieja... Todo fue pasto deliberado de las llamas y liberación para nosotros. Lo malo fue que aquel método de redecorar nuestras vidas tuvo peores consecuencias cuando quisimos cambiar el sofá sin mirar si en él estaba o no sesteando el abuelo.