martes, 13 de diciembre de 2016

Cadillac solitario 2

Había pasado mucho tiempo. Los proyectos que hicieron para su futuro común quedaron ya tan
lejanos y olvidados como ese mar que soñaron con cruzar un día y que, años después, seguía esperándolos aunque sin mucha convicción. Fueron palabras pronunciadas al calor de la pasión de dos amantes ocasionales que, por un precio moderado, se manoseaban entre aromas de Varón Dandy y Ambre Solaire en el asiento trasero de un viejo coche americano aparcado en un discreto mirador frente a la costa. Él, de paso por la ciudad, y ella, ejerciendo en las cunetas del Raval, llegaron a creerse sus propias historias, tal vez para escapar así de sus vidas de cobrador de morosos y de prostituta. Ambos sellaron un pacto para dejar juntos sus ciudades, tan lejanas y distintas, y marcharse a L.A. para vivir de la canción, pero el peso del oficio y la presión del entorno acabaron por alejarlos de tan descabellado intento, de modo que recurrieron a la excusa y a la dejadez, y así los calores húmedos de la costa pasaron a ser demasiado suplicio para el joven estepario, y el aire seco e inclemente del interior fue la fuerza que derrotó a la lozana Marina. Así fue como se impusieron los pretextos a la verdadera razón de su alejamiento; así marchitó aquel romance, aunque ninguno lo olvidó del todo, sobre todo Juan Lobo, que tuvo que renunciar a sus planes de construir una casa y decorarla a su manera, porque el trabajo lo llevaba de un lado para otro y nunca le dio ni un verdadero puerto de anclaje ni dinero para establecerse. Y ella…, poco sabemos de ella, salvo que se quedó en su ciudad sin más objetivo que seguir estando apetecible. El mar siguió esperando muchos años, pero sin respuesta.
Lejos de ahí y muchos años después, el cobrador de morosos, como un martes cualquiera, esperaba en su cuarto de Lavapiés a que solicitaran sus servicios. Cuando aquella llamada lo despertó de su prolongada siesta para avisarlo de que recibiría un sobre con instrucciones y un viático, no imaginaba que un simple encargo fuera a proyectarle todas las imágenes de su juventud en una secuencia aún reconocible. Su misión era recuperar una importante suma de dinero que un chulo le adeudaba a su cliente desde hacía meses y tras dos plazos vencidos: lo habitual, salvo el montante y que se trataba de una ciudad que dejó de cubrir años atrás. Lo poco que tenía que ponerse lo metió en su única maleta, se alisó camisa y flequillo, se colgó la cadena de oro, comprobó bien la dirección y salió a la calle donde caminó un buen rato por la acera hasta la estación de Atocha, envidiando a los viajeros que, con el AVE, llegarían en un periquete a Barcelona, no como él, que tendría que pasar la noche en el autocar y llegar de madrugada, arrugado y soñoliento. Al menos, así lo pensaba Juan Lobo, podría recordar toda la noche aquellos días que transcurrieron serenos en esa ladera desde donde, en brazos de Marina, veía amanecer, olía el perfume del mar y escuchaba el despertar de Barcelona. También pudo pensar en aquel Cadillac que lucía solitario cuando ella no estaba. La noche no fue tan ligera como le habría gustado, pero con las primeras del alba ya se adivinaba al fondo la silueta de la ciudad, su bruma matinal, su bullicio cosmopolita, la humedad de entonces y de siempre.
Un café y unas tostadas con fuet lo resucitaron, y en tres paradas de metro ya estaba frente a la puerta de su objetivo con una foto en la mano y la otra mano en el bolsillo simulando con aplomo.
¿Sabe a lo que vengo?
Silenţios. Nu vreau probleme.
¿Por qué me hablas en catalán? Tú eres igual de xarnego que yo. ¡Dame la pasta y que no tenga que venir más veces desde Madrid!
Tal vez fue el tono retador, el energético desayuno, la sospechosa postura o el miedo natural del proxeneta, el caso es que no era aún mediodía y Juan Lobo ya había cobrado la deuda y todavía le quedaban las dietas y una pensión pagada hasta el viernes. Con el bolsillo tintineante, como le gustaba a él, se paseó entre la algarabía, compró postales, se extasió ante las jaulas de los canarios, comió cerca de La Boquería y allí, de sobremesa al sol, se quedó dándole vueltas a una copa y a una idea: ¿Qué habría sido de Marina? Tal vez estaría en el desguace, como el viejo Cadillac de segunda mano en el que se paseaban años atrás por la Rambla, calle arriba y calle abajo, presumiendo de juventud e inconsciencia.
Cansado de darle vueltas al brandy ratonero, impetuoso como era, volvió a visitar al chulo pero esta vez para preguntarle por las chicas del barrio.
¿Sigue por aquí Marina, una flaca de unos sesenta o más, que huele a crema bronceadora y besa de maravilla?
Stiu, nu mai funcţionează, acum ajuta fetele.
Como saque la pipa vas a prender mi idioma en un minuto, tú, murciano, que tu vieja es de Calasparra.
No habla nada, no español, no català. Soy empresario honrado de Timișoara. Marina vive en esta casa. No me conoces. Adéu-siau.
Satisfecho con la información y con saber que el chulo rumano era un aliado fiable, Juan Lobo subió al piso indicado, llamó al timbre y esperó. Esperó bastante, pero valió la pena porque a través de la puerta escuchó aquella voz dulce que le susurró una vez al oído cochinadas fascinantes.
Marina, soy yo…
¿Vienes a llevarme a L.A.?
Mujer de mar, escucha romper las olas. Escápate en un barco con velas de seda y yo te daré un poco de alma esteparia para que tú conquistes el horizonte.
Entra, tonto. Y deja de recitarme canciones de Ramoncín, que conmigo no te funcionará. ¡Ay, tenías talento pero te dedicaste a ser matón! Y yo, fíjate…
La casa de Marina, que también era una especie de despacho de recursos humanos, conservaba ese gusto añejo que el minimalismo de IKEA ha relegado ya en muchos hogares, y eso tranquilizó a Juan Lobo, que vio aquel espacio como un territorio conocido. Tras pasar por el salón, Marina le tomó la mano y lo arrastró a su cuarto.
No te cobraré mucho…
Con mi sueldo…
A mi edad…
El resto se puede imaginar, y al acabar de tanto divertirse, en una pausa de susurros, ambos decidieron de veras y por fin ir a L.A. Aquel refugio que construyeron frente al océano era lo bastante lejano y seguro como para que nadie viniera a buscarlos y a reclamarles reparación por el quebranto de tesorería que perpetraron ambos en sus empresas. Aunque al principio no fue un retiro dorado, sí que pudieron cumplir su sueño de cruzar el mar, vivir juntos en una casa y decorarla a su gusto, con una muñeca vestida de periquita y otra de colchonera sobre la televisión. De jueves a domingo, salían a la calle y deleitaban a los paseantes locales con canciones de allá:
Sí, bajo las palmeras, luce solitario. Y no estás tú, nena…
Era un gran número aquel desgarrador grito final, y la gente lo premiaba con monedas e incluso comprando sus cintas. Inexplicablemente llegaron a amasar una modesta fortunilla y a envejecer con cierta prosperidad. Una noche, tras recoger el equipo, se sentaron frente al océano y estuvieron, como de costumbre, en silencio. Y de pronto:
No me habría acostumbrado al calor seco de Madrid.

Ni yo a la humedad de Barcelona, nena.