viernes, 26 de agosto de 2016

LA PITIÉ

J’avais l'habitude de demander: « Papa, tu n'as pas froid? », quand il
venait me couvrir. «Maman tu n'as pas sommeil?», je disais toujours quand je la voyais se balancer aux pieds de mon lit. «Carlitos, tu n'as pas pitié? », lui demandais-je quand je le voyais hypnotisé par le bruit monotone du "monitoring".
Les conversations à présent ne sont pas les mêmes avec cette machine qui m'a maintenu en vie plus que Papa et Maman.
« Carlitos tu veux tirer ce câble? » A peine ai-je eu le temps de terminer ma question.

Traduit de l'espagnol par Marie-Josèphe Pastre
Lien à "Lástima"

domingo, 21 de agosto de 2016

Jaramillo GO, el concurso















BASES DEL CONCURSO

  • Se trata de mandar imágenes de Jaramillo capturadas en cualquier lugar del mundo.
  • Puede participar todo el mundo con las capturas que desee.
  • Se aceptarán capturas mientras sea 31 de agosto de 2016 en la parte del mundo desde la que se manden.
  • El premio será la publicación de la imagen capturada y una dedicatoria especial del mismísimo Jaramillo.
  • La imagen más original recibirá un ejemplar de alguna antología de relatos en la que aparezcan cuentos del autor.

jueves, 18 de agosto de 2016

LA SALUD DE LOS LIBROS

A veces, cuando no tenía nada que hacer o nevaba en la calle, me colaba en la biblioteca y, a sus
espaldas, desde una mesa estratégicamente dispuesta, la observaba trabajando. Eran de veras mágicos aquellos instantes en que, parapetado tras los volúmenes de inservibles colecciones, espiaba sus tranquilos movimientos, las atentas curas que les practicaba a los libros de mayor edad o de uso más frecuente. Sus manos se posaban delicadamente sobre el lomo y, como acariciándolo, lo recorrían a todo lo largo. Era un gesto que ella conocía a la perfección, y casi podía hacerlo con los ojos cerrados y sin la menor pausa o duda, sin apenas respirar, pero dejando escapar un leve jadeo. Así conocí a la señorita Schnee, la restauradora de libros.
También era prodigiosa la atracción que despertaba en mí, y de qué manera más incontrolable, la imagen de sus tobillos apareciendo por debajo de la mesa, y sus pies apoyándose imperceptiblemente en las punteras y a medio descalzar. En ocasiones pensaba que su completa desnudez sería menos abrasadora que sus fascinantes ademanes.
Confieso que nunca antes me había sentido atraído por las mujeres cuya imagen se ocultaba tras un despacho o unas horquillas de otro tiempo, pero aquella bibliotecaria tenía una misteriosa manera de encubrir su doble vida tras las gafas enormes y el moño recogido de mala manera. Supe más tarde que alguien la dejó por otra más carnosa y menos preguntona, sin embargo sus ojos no transmitían cólera ni vergüenza por ser una solterona varada entre anaqueles de conglomerado. Aquella mujer tan reservada y encantadora disimulaba, tras la bata gris de servicio, una vida repleta y lujuriante, una existencia colmada de intrépidos amantes y corazones rotos. De día reparaba heridas de personajes ficticios, y de noche se curaba a sí misma de su propio pasado. Lo sé porque un día la vi, tras colgar el guardapolvo en el perchero, pintarse los labios de carmín, soltar el pasador que le retenía la melena y quitarse las gafas sacudiendo al mismo tiempo la cabeza. Ese gesto, que volví a ver en películas y anuncios, fue una imagen de la que nunca pude desprenderme del todo, hasta el punto de que me creí, en alguna ocasión, enfermo o poseído por el tórrido recuerdo.
Un día decidí seguirla —cuál no sería mi obsesión— hasta la máquina de café donde solía tomarse una pausa de vez en cuando. No había muchos empleados, y los que había no se paraban mucho tiempo, no como ella, que se acomodaba en el taburete giratorio donde le daba vueltas no solamente a sus ideas. Tras comprobar que no me podía sorprender espiándola, pude elegir un lugar discreto pero privilegiado. Desde mi posición podía verla de lado y ella a mí no. El rostro grave y seductor de siempre, el mismo que decidí no olvidar nunca, y su mirada entre triste y solemne contribuían a componer ese atormentado silencio que le era tan propio y la hacía tan hermosa. Sí, también alcancé a mirar sus esbeltos tobillos y la forma tan delicada de sus pies, que empujaban el asiento y, con él, aquella figura ardiente. Todo estaba en perfecto orden. De vez en cuando cruzaba las piernas y, al reacomodarse, veía cómo asomaba su tobillo y cómo se descalzaba levemente. El cambio de estado que se operó en tan poco tiempo, de oficinista gris a ardiente heroína de leyenda, me tenía en una constante ansiedad que me hacía vulnerable, pues había fijado mi interés más en sus piernas que en ella misma.
De pronto, al cabo de un instante, se levantó, se alisó la ropa, respiró hondo y volvió sobre sus pasos hacia la biblioteca, pero se giró súbitamente y me sorprendió contemplando el vaivén de su cuerpo y secándome el sudor. Sin el menor asomo de molestia, incluso con una familiaridad propia de quien se sabe observada desde hace tiempo, se me acercó, me ofreció un pañuelo y mordiéndose levemente el labio inferior, me clavó una mirada depredadora.

—¿Te gustan los libros de personajes malogrados? —dijo, mirándome temblar—. A mí también.

jueves, 11 de agosto de 2016

ESCAPARATE DE SUEÑOS

Ser escritor es algo indescriptible con palabras, y eso que recursos para ello no le
faltan a quien abraza esta ocupación tan arriesgada y provechosa. Ahora soy un autor consagrado, premiado, admirado, con ventas en todo el mundo, en todas las librerías del planeta, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que tenía muy claro qué era ser escritor: un sueño. Por eso sabía describirlo bien. Pero eso fue hace mucho, y ahora me pregunto qué ha cambiado desde entonces.
De joven, al pasar por delante de la librería de mi barrio, donde exponían los libros de todos mis autores adorados, me decía para mí que algún día mis libros, con mi cara y mi nombre, estarían allí, en el escaparate de la calle del Pez 27. Más tarde descubrí lo complicado que era ocupar tan distinguido honor, pero nunca abandoné esa idea, hasta el punto de que, años antes de convertirme en un afamado novelista, escribí un libro que distribuí modestamente a través de Internet y logré depositar en la estantería que Cervantes & Co reservaba para los “autoeditados”, una categoría meritoria pero humilde por la que muchos pasamos y muchos abandonaron y muchos siguen frecuentando.
Cada vez que pasaba por ahí, disimulando interés por las últimas novedades de Marsé o Mendoza, miraba de reojo hacia el rincón donde descansaba mi libro de portada verde, siempre en medio de otros tantos. Aprovechando el quehacer de los libreros, me afanaba en colocar mi libro en posición privilegiada, bien visible aunque sin ensombrecer al resto. Del mismo modo que yo colocaba mi obra, así volvía a su sitio al poco tiempo, imagino que por razones de mercado. Un mes sí y otro también repetí la operación durante más de un año, hasta que, quién sabe si por dejadez o porque pensaron que la insistencia se debía a motivos empresariales, ahí se quedó, presidiendo el anaquel de los aspirantes.
Al descubrir que aquella portada con mi nombre era visible desde casi cualquier punto de la librería, acudía con amigos y familiares a presumir. Recuerdo la presentación de una escritora en cuyas fotos siempre aparecía, al fondo, mi novela. Aquel honor y toda la vanidad que lo acompañaba fueron mi entretenimiento durante mucho tiempo, hasta el punto de que llegué a pensar que mi carrera literaria se limitaría a eso. Y lo di por bueno, pues en el fondo sospechaba que aquello era una pequeña victoria, suficiente para mi menguado talento, pero incapaz de romper las fronteras del anonimato y de la fama.
Hace algún tiempo, cuando ya casi había olvidado toda la historia del libro furtivo, al ir a un acto publicitario en la librería de la calle del Pez 27, pude ver al fondo aquel volumen verde con mi nombre que gobernaba la balda central de los “autoeditados”, lo que significa que nunca se vendió, y sentí la tentación de desvelar mi secreto ante los invitados, ante mi editor, ante los libreros,… Pero decidí ceñirme al protocolo.
Hoy, ante el auditorio de la Svenska Akademien, he decidido anunciar en mi discurso que aquella primera novela era la mejor de todas las mías y que aun así nunca dará el salto del estante al escaparate.

martes, 2 de agosto de 2016

CALOR HUMANO

Era una tarde fría, tal vez más de lo acostumbrado, pero ahí estaban los corredores afrontando el trazado de la prueba. Y en la línea de llegada, con su manta térmica, estaba el atento auxiliar.
De pronto, al fondo la vio, delgada y sutil, con elegantes zancadas, y hacia ella se fue con la manta extendida como para recibirla y envolverla.
El calor que sintió la atleta envuelta en la manta la reconfortó, pero aún más el inusual abrazo del socorrista, que la rodeó por completo estrechándola contra sí.
La imagen fue portada en la prensa local.


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