jueves, 15 de diciembre de 2016

LOS REYES SON LOS PADRES

Siendo una chiquilla, recibí una muñeca como regalo de reyes, pero se me impuso una condición que
acaté entonces con más miedo que convencimiento, pero que hoy trato de entender sin demasiado acierto. Mis padres me hicieron respetar la orden de no sacarla de la caja, de conformarme con verla a través del plástico transparente y de esconderla en un baúl donde tendría que reposar hasta el año siguiente, en que recibiría de nuevo el mismo regalo de parte de los reyes y el mismo mandato de mis padres. Mis amigas, en cambio, jugaban con sus muñecas nuevas, les hacían vestidos, les cortaban el pelo, las pintaban de colores, y las muñecas acababan en la basura u olvidadas en pocos meses, pero al año siguiente recibían otra parecida o mejor, y el ciclo se repetía, porque los reyes de oriente sabían que habían sido buenas.
Al contrario de lo que habría sentido cualquiera, aquella niña que fui aguardaba con ansia e ilusión el día seis de enero para poder encontrarse de nuevo con esa muñeca de la que no podía obtener más que eso, pero que era lo máximo. Crecí y tal vez olvidé aquella muñeca, pero obtuve una lección duradera. Tal vez de ese modo, tiempo después, pude soportar tantos años la lejanía de mi esposo, cautivo en un presidio, porque aprendí a mantener intacta la imagen de quien se entregaba con todo su valor, fuera el que fuera, y aunque fuera muy de tarde en tarde. Supe valorar, gracias a la muñeca, las ventajas y los inconvenientes de vivir tan lejos de él, cuidando de nuestra hija, y así adiviné que no me convenía traspasar esos tenues límites que me encerraban, a pesar de la tremenda excitación que producía en mí. Siempre fui capaz de admirar su breve compañía y no quedar cegada por las ofertas de otros. Es cierto que vivimos momentos inolvidables, pero siempre nos separó el envoltorio de rejas que nos construyeron, y así nunca salimos a la realidad de lo corriente. Es cierto, poner a salvo de esa manera mi matrimonio fue como depositar a mi marido en una caja y contemplarlo tras el plástico con el anhelo de que un día volviera. Y aunque el amor viniera a faltar, siempre quedaría ese envoltorio, aislado del mundo y del tiempo, en el que se conservaría lo más puro y más frágil que habría existido jamás en una vida pausada como la mía.
Hoy es seis de enero, mi hija está mirando la muñeca que le han dejado los reyes por ser buena, como yo, pero lo primero que ha hecho, olvidando mi orden, es abrir el envoltorio, sacar la muñeca, jugar con ella, hacerle un vestido, cortarle el pelo y pintarla de colores. No tardará en acabar en la basura u olvidada en pocos meses. También me ha leído una carta de su padre desde algún lugar lejano:
Querida hija:
Creo que eres ya grande para saber la verdad sobre muchas cosas. Nunca he estado preso y, aunque quería a tu madre, no podía vivir con ella ni con su pasado, así que me fui para siempre tras intentar muchas veces arreglar nuestra imposible relación. No me odies por esto ni la odies a ella, que tuvo una infancia difícil, privada de todo y engañada por todos.
Disfruta de tu muñeca y, si la rompes, el año que viene, si puedo, te compraré otra. Alégrate también con la ilusión de los regalos, pero no olvides que los reyes son los padres y que no siempre pueden comprarte una muñeca.
Cuida de tu madre.
Un beso,
Papá.

Hoy, seis de enero, he comprendido gracias a mi hija que mis padres solo quisieron disimular su pobreza para no avergonzarme delante de mis amigas, y se inventaron esa historia para no tener que robar cada año un regalo. Hoy he comprendido que mi marido solo quiso sacarme del envoltorio y yo no tuve el valor de salir. Hoy he descubierto que los reyes son los padres.

martes, 13 de diciembre de 2016

Cadillac solitario 2

Había pasado mucho tiempo. Los proyectos que hicieron para su futuro común quedaron ya tan
lejanos y olvidados como ese mar que soñaron con cruzar un día y que, años después, seguía esperándolos aunque sin mucha convicción. Fueron palabras pronunciadas al calor de la pasión de dos amantes ocasionales que, por un precio moderado, se manoseaban entre aromas de Varón Dandy y Ambre Solaire en el asiento trasero de un viejo coche americano aparcado en un discreto mirador frente a la costa. Él, de paso por la ciudad, y ella, ejerciendo en las cunetas del Raval, llegaron a creerse sus propias historias, tal vez para escapar así de sus vidas de cobrador de morosos y de prostituta. Ambos sellaron un pacto para dejar juntos sus ciudades, tan lejanas y distintas, y marcharse a L.A. para vivir de la canción, pero el peso del oficio y la presión del entorno acabaron por alejarlos de tan descabellado intento, de modo que recurrieron a la excusa y a la dejadez, y así los calores húmedos de la costa pasaron a ser demasiado suplicio para el joven estepario, y el aire seco e inclemente del interior fue la fuerza que derrotó a la lozana Marina. Así fue como se impusieron los pretextos a la verdadera razón de su alejamiento; así marchitó aquel romance, aunque ninguno lo olvidó del todo, sobre todo Juan Lobo, que tuvo que renunciar a sus planes de construir una casa y decorarla a su manera, porque el trabajo lo llevaba de un lado para otro y nunca le dio ni un verdadero puerto de anclaje ni dinero para establecerse. Y ella…, poco sabemos de ella, salvo que se quedó en su ciudad sin más objetivo que seguir estando apetecible. El mar siguió esperando muchos años, pero sin respuesta.
Lejos de ahí y muchos años después, el cobrador de morosos, como un martes cualquiera, esperaba en su cuarto de Lavapiés a que solicitaran sus servicios. Cuando aquella llamada lo despertó de su prolongada siesta para avisarlo de que recibiría un sobre con instrucciones y un viático, no imaginaba que un simple encargo fuera a proyectarle todas las imágenes de su juventud en una secuencia aún reconocible. Su misión era recuperar una importante suma de dinero que un chulo le adeudaba a su cliente desde hacía meses y tras dos plazos vencidos: lo habitual, salvo el montante y que se trataba de una ciudad que dejó de cubrir años atrás. Lo poco que tenía que ponerse lo metió en su única maleta, se alisó camisa y flequillo, se colgó la cadena de oro, comprobó bien la dirección y salió a la calle donde caminó un buen rato por la acera hasta la estación de Atocha, envidiando a los viajeros que, con el AVE, llegarían en un periquete a Barcelona, no como él, que tendría que pasar la noche en el autocar y llegar de madrugada, arrugado y soñoliento. Al menos, así lo pensaba Juan Lobo, podría recordar toda la noche aquellos días que transcurrieron serenos en esa ladera desde donde, en brazos de Marina, veía amanecer, olía el perfume del mar y escuchaba el despertar de Barcelona. También pudo pensar en aquel Cadillac que lucía solitario cuando ella no estaba. La noche no fue tan ligera como le habría gustado, pero con las primeras del alba ya se adivinaba al fondo la silueta de la ciudad, su bruma matinal, su bullicio cosmopolita, la humedad de entonces y de siempre.
Un café y unas tostadas con fuet lo resucitaron, y en tres paradas de metro ya estaba frente a la puerta de su objetivo con una foto en la mano y la otra mano en el bolsillo simulando con aplomo.
¿Sabe a lo que vengo?
Silenţios. Nu vreau probleme.
¿Por qué me hablas en catalán? Tú eres igual de xarnego que yo. ¡Dame la pasta y que no tenga que venir más veces desde Madrid!
Tal vez fue el tono retador, el energético desayuno, la sospechosa postura o el miedo natural del proxeneta, el caso es que no era aún mediodía y Juan Lobo ya había cobrado la deuda y todavía le quedaban las dietas y una pensión pagada hasta el viernes. Con el bolsillo tintineante, como le gustaba a él, se paseó entre la algarabía, compró postales, se extasió ante las jaulas de los canarios, comió cerca de La Boquería y allí, de sobremesa al sol, se quedó dándole vueltas a una copa y a una idea: ¿Qué habría sido de Marina? Tal vez estaría en el desguace, como el viejo Cadillac de segunda mano en el que se paseaban años atrás por la Rambla, calle arriba y calle abajo, presumiendo de juventud e inconsciencia.
Cansado de darle vueltas al brandy ratonero, impetuoso como era, volvió a visitar al chulo pero esta vez para preguntarle por las chicas del barrio.
¿Sigue por aquí Marina, una flaca de unos sesenta o más, que huele a crema bronceadora y besa de maravilla?
Stiu, nu mai funcţionează, acum ajuta fetele.
Como saque la pipa vas a prender mi idioma en un minuto, tú, murciano, que tu vieja es de Calasparra.
No habla nada, no español, no català. Soy empresario honrado de Timișoara. Marina vive en esta casa. No me conoces. Adéu-siau.
Satisfecho con la información y con saber que el chulo rumano era un aliado fiable, Juan Lobo subió al piso indicado, llamó al timbre y esperó. Esperó bastante, pero valió la pena porque a través de la puerta escuchó aquella voz dulce que le susurró una vez al oído cochinadas fascinantes.
Marina, soy yo…
¿Vienes a llevarme a L.A.?
Mujer de mar, escucha romper las olas. Escápate en un barco con velas de seda y yo te daré un poco de alma esteparia para que tú conquistes el horizonte.
Entra, tonto. Y deja de recitarme canciones de Ramoncín, que conmigo no te funcionará. ¡Ay, tenías talento pero te dedicaste a ser matón! Y yo, fíjate…
La casa de Marina, que también era una especie de despacho de recursos humanos, conservaba ese gusto añejo que el minimalismo de IKEA ha relegado ya en muchos hogares, y eso tranquilizó a Juan Lobo, que vio aquel espacio como un territorio conocido. Tras pasar por el salón, Marina le tomó la mano y lo arrastró a su cuarto.
No te cobraré mucho…
Con mi sueldo…
A mi edad…
El resto se puede imaginar, y al acabar de tanto divertirse, en una pausa de susurros, ambos decidieron de veras y por fin ir a L.A. Aquel refugio que construyeron frente al océano era lo bastante lejano y seguro como para que nadie viniera a buscarlos y a reclamarles reparación por el quebranto de tesorería que perpetraron ambos en sus empresas. Aunque al principio no fue un retiro dorado, sí que pudieron cumplir su sueño de cruzar el mar, vivir juntos en una casa y decorarla a su gusto, con una muñeca vestida de periquita y otra de colchonera sobre la televisión. De jueves a domingo, salían a la calle y deleitaban a los paseantes locales con canciones de allá:
Sí, bajo las palmeras, luce solitario. Y no estás tú, nena…
Era un gran número aquel desgarrador grito final, y la gente lo premiaba con monedas e incluso comprando sus cintas. Inexplicablemente llegaron a amasar una modesta fortunilla y a envejecer con cierta prosperidad. Una noche, tras recoger el equipo, se sentaron frente al océano y estuvieron, como de costumbre, en silencio. Y de pronto:
No me habría acostumbrado al calor seco de Madrid.

Ni yo a la humedad de Barcelona, nena.

lunes, 12 de diciembre de 2016

COUNT YOUR FINGERS, LITTLE GIRL

The young artist cried unconsolably and not even her parents indulgence managed to banish the sobs of the saddened second-class artist who was not used to someone casting a shadow over her. Her rage and disappointment was so great she did not even want to go up and accept her diploma of honor that accredited her as one of the best pianists but not the best.  Suddenly, one of the jury members stood up. She was an ugly, ungraceful woman and yet, there was something in her that made her wholesome and elegant for such a selective and scrupulous competition. She could barely walk down the steps of the stage but she took her time as she always did. Nobody was impatient because of her slowness and she finally reached the sobbing child pondering her misfortune. 
“Sit there and count your little fingers”, she said with a relentless voice. 
As if a spell had been placed on her, after obeying the order that appeared not to make sense, the girl ceased crying, hypnotized by the eyes of that woman who viewed her from above unsmiling, but without frightening her. 
“Sit there and count the raindrops”, she repeated. 
As before, the little girl obeyed the instructions to the T and she distracted herself to the extent that she focused all her attention on the mysterious lady who still had not batted an eyelid. 
The lady knew that the youngster felt shattered but she consoled here again, unlike the pats on back and false expectations. She preferred to tell her the truth instead of telling her she was right and so the young girl blew her nose and listened attentively. 
“Do you want the diploma? Well fight for it but don’t be a cry baby, you have no reason, capricious little girl. Sad girl!” 
The girl could not stop gazing at those enormous hands, surprising two-colored hands that gave her the award but held it strongly whilst she sized up a challenge for her 
“I know”, continued the judge. “I know you don’t know now what needs to be done but I tell you I too went through this, you pipsqueak. Your parents were not even born and I painstakingly caressed those keys but my family was not very loved. They were other times, what does it matter now.  
The story dates to when, then a talented pianist the girl with two hands of different colors, endangered the supremacy of candidates from wealthy neighborhoods after having shone in concert halls from the suburbs of the South. But they contrived so that nobody of her origin could take part, nor bring her parents to the stalls, much less compete for conservatoire scholarships for children with hands of just one color. Those children entered the world several rungs above her… 
Everything you need”, she added with her grave voice, “you already have sad little girl. And you also have time before you. But no, you want the award without putting in the effort; applause without work; glory just because, like an inheritance. Otherwise you get angry and make a fuss. If only I had this luxury! 
When, after seeing how the doors of the conservatoire were closed because of her skin color, her whole life changed and that young keyboard promise had to make do with just the crumbs of the large pie distributed to others, many of them mediocre artists, others indifferent salon artists and very few true music-makers. She was a true musician but her hands…her hands gave her away. 
Take this diploma and do not look down on your achievements. Fight to be number one and do not be sorry if they beat you. Practice, practice and practice. Like I did. 
The girl then understood that the dark-skinned woman had practiced the piano so much that only her hands escaped the rays of sunlight. 

Jason Willis-Lee, translator
From "Cuéntate los dedos, niñita"