lunes, 16 de enero de 2017

SIETE VIDAS

Desde la estantería, su lugar favorito, el esquivo felino
observaba con una indiferente superioridad cómo íbamos tirando a la basura las cosas del viejo Pachón, el guardián de la casa. No prestaba atención al llanto de los niños, que crecieron jugando con el cariñoso labrador. Se diría que, tras aquellos bigotes gatunos, había una sonrisa apenas perceptible pero claramente despiadada, y al lamerse las patas parecía estar borrando las últimas huellas de sus actos.

Relato presentado a ENTC, fuera de concurso