viernes, 17 de marzo de 2017

FOMENTO

Cuando inauguraron el viaducto que contornearía el pueblo y evitaría el paso de
vehículos por el casco urbano, todos se felicitaron ya que por fin volvería la proverbial calma que dio fama a Villasosegada del Valle. Y así fue durante un tiempo.
Por entonces yo era un jovenzuelo atolondrado cuyo mayor y tal vez único interés era atraer la mirada de las chicas y deslumbrarlas con mi Seat Fura azul cobalto, rugiendo carretera arriba y carretera abajo, todo un despliegue para conseguir media hora bajo la luna y unos besos, y a veces más besos, y a veces nada, y a veces hasta un merecido bofetón. Desde lo alto de la nueva carretera, mi pueblo parecía apenas una mancha en medio del paisaje, y mi coche era algo así como el paraíso.
La carretera nueva trajo nuevos tiempos, y el sosiego del pueblo se transformó en letargo. Ya apenas pasaban coches por la antigua nacional, salvo los locales o algún motorista aventurero, y entre los que morían, los que se marchaban y los que no salían ya de sus casas, cada vez eran menos las muchachas que admiraban mi pilotaje temerario y seductor.
Una noche, solo en lo alto del pueblo, mirando la vieja carretera desierta e imaginando que alguien me acariciaba, decidí marcharme carretera arriba y sin retorno por el viaducto que contorneaba el pueblo.