lunes, 20 de marzo de 2017

LA HOJA EN BLANCO

En media hora recibiré el premio Nobel ante un público
convencido de que todo ha sido fácil, un sendero de éxitos y gloria, pero no, no ha sido siempre así, y por eso estoy aquí dándole vueltas…
Al acabar mi primera novela, en casa valoraron el esfuerzo, pero como si hubiera terminado un puzle de quinientas piezas, y no tardaron en recordarme que estaba en deuda con los quehaceres pospuestos:
—A ver quién recoge el garaje —escuché decir.
Luego vinieron los primeros reconocimientos visibles cuando mis nuevos libros se exponían en los escaparates, pero la respuesta fue tibia también:
—Ah, muy bien. Pues ya que estás ahí, sube naranjas.
Cuando ya era incuestionable el éxito, aún hubo tiempo de percibir que dejar mi trabajo anterior para dedicarme a escribir suponía un riesgo doméstico:
—Bueno, con lo que gana tu mujercita hay para los dos—me dijeron.
Hoy me he vestido de gala, mi familia me acompaña —orgullosa—, pero he vuelto a sentir esa desconfianza antes de entrar al salón:
—¿Has ido al baño?

Y aquí estoy ahora, cuestionándolo todo y dándole vueltas al rollo de hojas en blanco.