lunes, 1 de mayo de 2017

COMO UNO MÁS

Cuando mis abuelos, huyendo de la guerra, llegaron hasta allí,
todo les pareció sorprendente, ya que los habitantes del pueblo los acogieron con amabilidad, los ayudaron a instalarse, les cedieron una fecunda tierra en la que labrar y ganarse el jornal, les enseñaron su lengua y el respeto. En tales circunstancias, pronto se sintieron como en casa y no echaron de menos su tierra, ya que aquel nuevo hogar era casi como el suyo, o mejor incluso. Sin embargo, algo los tuvo en vilo durante años, y nunca quisieron preguntarlo, por respeto y por timidez: todos los viejos del pueblo habían perdido dos o más dedos, cuando no una mano entera, razón por la que al pueblo lo llamaban “Villamancos”.
Esto, que fue una fuente de leyendas en mi familia, pasó de generación en generación hasta llegar a mí, y de pronto me vi confrontado a la verdad de aquella circunstancia tan singular. Al cumplir la edad de ser soldado, me llamaron, como a uno más, a defender nuestro terruño del asedio enemigo, y como uno más de ellos, salí a luchar y perdí varios dedos desactivando las minas que sembraban nuestros otrora fértiles campos.
Hoy, como un “manco” más, mi nombre figura sobre la placa en honor de los héroes de aquellas guerras.