martes, 25 de julio de 2017

RAÍCES Y ALAS

Desde la orilla del mar, donde reposaba mi barca bien anclada y segura, se veían las montañas con nieve en la cima, pero nunca les presté mucho interés hasta que de ellas bajó un día un extraño personaje, barbudo pero amable, de voz tonante y sin embargo cálida. Aquel tipo decía que tampoco él había sentido nunca demasiada curiosidad por las tierras bajas del valle, por sus puertos y por sus gentes. Le habían contado que las cascadas de las cumbres eran las lágrimas que las montañas vertían por los viajeros que se marchaban de allí. De modo que un día, para saber adónde iban esas lágrimas, decidió seguir el curso de los regatos, que pronto se convertían en grandes torrentes y que saltaban desde lo alto de las rocas hacia el vacío y luego se amansaban al llegar abajo. Y así, empapado pero satisfecho, llegó hasta el puerto, subió a mi barca y me enseñó que el ancla había que echarla allá donde no se enganchara mucho.
Una mañana, un viento montañoso preñó las velas para llevarnos lejos, y al alejarnos, la montaña lloró como nunca y a nosotros la cascada nos salpicó en la cara.
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